
Al hablar de ahorro en el mundo empresarial, suele pensarse en inversión, crecimiento o expansión del negocio. Esta lógica aplica, en efecto, para las microempresas de acumulación ampliada y las pequeñas empresas, que cuentan con excedentes suficientes para invertir en capital y con perspectivas reales de crecimiento. Sin embargo, este segmento representa apenas el 17 % del parque empresarial MYPE en El Salvador.
El panorama cambia radicalmente al observar al 83 % restante, conformado por microempresas de subsistencia y de acumulación simple, según datos del Observatorio MYPE de la Escuela LID de FUSAI. Para estos negocios, la relación entre ahorro e inversión prácticamente desaparece, convirtiéndose en uno de los principales obstáculos estructurales para su desarrollo.
Las cifras reflejan una paradoja. Mientras el 46.9 % de la población salvadoreña posee una cuenta de ahorro, en el sector MYPE este porcentaje asciende al 50.2 %, de acuerdo con el informe El Estado de la MYPE 2023 y la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIEF) 2025 del BCR. No obstante, tener una cuenta no implica necesariamente ahorrar ni hacerlo con fines productivos. En los segmentos de subsistencia y acumulación simple, el principal motivo para usar una cuenta es guardar el dinero en un lugar seguro (29.9 %), no generar rendimientos ni financiar mejoras al negocio.
De acuerdo con el informe El Estado de la MYPE 2025, el 65.9 % de los empresarios opera en condiciones de subsistencia, con ventas mensuales inferiores a US$1,200, y otro 17 % se encuentra en acumulación simple, con ventas de hasta $4,200. En conjunto, estos dos grupos superan el 80 % del sector.

Javier Chacón, coach de la Escuela LID de FUSAI, explica que estos negocios operan en entornos de ingresos inestables y márgenes reducidos, lo que condiciona la función del ahorro. “En este contexto, el ahorro no responde a una lógica de expansión, sino a la necesidad de enfrentar la incertidumbre cotidiana. La situación es distinta en los segmentos de acumulación ampliada y expansión, donde sí existe capacidad real de invertir los excedentes”, señala.
La vulnerabilidad financiera en estos segmentos es significativa. El 35.8 % de los microempresarios de subsistencia y acumulación simple no cuenta con ningún fondo para imprevistos, y el 28.4 % no podría pagar sus deudas si perdiera su ingreso actual. Además, el uso predominante del efectivo refuerza esta fragilidad: el 73.5 % de los microempresarios de subsistencia opera principalmente en efectivo, frente al 40 % en los segmentos más productivos.
“La cuenta no es para invertir, es por si pasa algo”, resume un microempresario del sector servicios. Su testimonio ilustra una realidad extendida: el ahorro funciona como un colchón mínimo de seguridad, tanto para el negocio como para el hogar, cuyas finanzas suelen estar estrechamente vinculadas.
En contraste, las microempresas de acumulación ampliada y expansión presentan un acceso a cuentas de ahorro del 79.8 %, y utilizan estos recursos para inversión productiva, como compra de inventarios, mejora de infraestructura o ampliación de su capacidad instalada.

Para Francisco Góchez, gerente de inteligencia de negocios del Banco Integral, esta diferencia debe ser el punto de partida para el diseño de productos financieros. “Promover el ahorro productivo en segmentos de subsistencia, sin fortalecer antes su función protectora, equivale a pedirle a un negocio que piense en crecer cuando todavía está intentando sobrevivir”, advierte.
La evidencia sugiere que no todas las MYPE están en condiciones de usar el ahorro como palanca de crecimiento. Para el 17 % que ya opera con excedentes, el ahorro puede impulsar la expansión. Pero para el 83 % restante, el ahorro cumple un rol esencial de estabilidad, continuidad y protección frente a la incertidumbre. Reconocer esta distinción resulta clave para diseñar políticas, productos financieros y estrategias de inclusión alineadas con la realidad cotidiana del sector MYPE salvadoreño.
